sábado, 19 de mayo de 2018

El Aguila al que se le quebró el ala.


Ricardo G-Aranda Rojas (@rgarciaaranda)


Mi vida aterriza
en una playa solitaria,
ya no puedo volar
porque se me murieron las alas.

Que solo está el hombre solo
por la calle, solo,
en los caminos solo,
en el puerto, en la playa,
solo en la taberna
rodeado de gentes.
Que solo está el hombre solo
y sin alas.


Ella no quería volar muy alto, pero los y las que la conocíamos teníamos que mirar para arriba siempre que queríamos buscarla. Una herida en el ala la obligó a estar más tiempo en tierra de lo que ella y nosotros hubiésemos deseado. Y ya no pudo volar más…

Cuando comencé a escribir, y luego seleccionar relatos para la colección “Pesadilla en Zocodover” ya sabía yo que tenía que enfrentar una historia como esta, era inevitable y lo hice como pude, es decir, reiniciándola mil veces porque no había manera. Necesariamente tenía que ayudarme ella con sus palabras, con sus pensamientos a escribirla. Sin su ayuda yo no hubiese podido escribir jamás este relato. Es suyo, más que mío. Sólo actúo como un simple narrador de las sensaciones que se producen ante la presencia y la ausencia del ser más querido. Y actúo también como notario del ánimo que tuvo en sus momentos de recogida ante el ala herida.

Ilustración de Cecilia Romero
Una amiga, tras leerlo, me dijo que daba toda la impresión de que lo escribía realmente ella. ¿Cuál es la realidad? ¿Qué importa qué dedos han ido aplastando las teclas?. Una vida querida juntos da para mucho, desde luego para saber muy bien lo que pasa por la cabeza y el corazón del otro. La primera parte de este relato lo ha escrito Felisita, nadie ha de dudarlo.

Escribir es como hablar con alguien. Poco importa si la distancia es grande o infinita. Poco importa si, en definitiva, no tienes a esa persona físicamente delante en ningún caso. Poco importa que no puedas tener ante tus ojos la respuesta. Si la conoces, poco importa.

Las paredes y el techo se aproximan o se alejan según en la casa huela a los aromas del té, de  nueces fragmentadas y de limón exprimido en lugar del aburrido y triste café instantáneo y el pan sacrificado en la tostadora. Hay días que se sabe muy bien dónde está la ventana por la que entran esos rayos que deslumbran el primer despertar. Otros no.

viernes, 11 de mayo de 2018

Cruzando el hielo


Ricardo G-Aranda  (@rgarciaaranda)


Para acompañar al relato de “Cruzando el Hielo”, perteneciente a “Pesadilla en Zocodover…”,  elegí un poema que tiempo atrás dediqué a mi amigo José Luis y a su afición a la fotografía: “Inexistencia”. Sus versos van de la decepción que produce cuándo al ver la fotografía de algo que recuerdas como un gran momento, sientes cierta frialdad, el recuerdo te indica que hubo un nivel de emoción y entusiasmo que de ninguna manera encuentras en ese momento en el que tratas de recuperarlo a través de esa imagen.

No hay fotografía posible que pudiera reproducir las sensaciones de Chus Lago cuándo completó su travesía de la Antártida. Es imposible que esa foto le permitiera reconocer el inmenso frio y cansancio que tenía después de haber recorrido esos mil doscientos kilómetros de hielo y viento. No le serviría la fotografía final para comprender esa contradicción entre plenitud y vacío que la inundaban todos los sentidos del cuerpo y el espíritu cuando se plantó en el Círculo Polar.

Ilustración de Cecilia Romero
Ni la fotografía más increíble de la creación artística de cualquier gran fotógrafo o fotógrafa puede dar una pequeña pista a los lectores del libro que después escribió “Sobre las huellas de gigantes”, sobre la inmensa e impresionante soledad que debió abrumar y liberar a Chus durante cincuenta y nueve días atravesando el hielo.

No sirve la fotografía para eso. La intensidad de cualquier momento vital sólo existe una vez, un instante: el que se ocupa del punto más álgido de nuestra emoción. Después todo declina, y ninguna reproducción gráfica es capaz de volverlo a elevar hasta aquel punto.

Por eso, en este poema que lamenta la imposibilidad de repetirnos una gran sensación en su graduación original, yo le pido a mi amigo que me refleje cosas que yo desconozca, para así poder dar fe de su existencia, que no es poco. Que me enseñe imágenes de caras cuyos sentimientos en el momento del retrato pueda, al menos, intuir. Que me muestre paisajes de dónde nunca estuve. Pero que no me enseñe reproducciones de momentos de mi vida, de historias y gentes que conozco, de situaciones que causaron en mi espíritu grandes emociones positivas o negativas. Que no haga eso porque la decepción al comparar la frialdad de la imagen con el calor de la historia que pretende contar, está servida. Y es una pena que así sea.
  
Si yo fuera Chus Lago, haría desaparecer toda imagen que pretenda dar a conocer el éxtasis que debió sentir en aquel momento. Sin imágenes físicas, seguro que la imagen mental que le queda es mucho más pura, desde luego íntima. Perfecta.

“Cruzando el Hielo” es el último de los relatos en el orden del índice del libro “Pesadilla en Zocodover y otros relatos” Os autorizo gustosamente a que empecéis por el final, incluso por la última frase si queréis: “...Pero no estás”

Y eso, querida Chus, no hay foto que lo salve.




viernes, 4 de mayo de 2018

Rosa y su hijo: la decisión final.


Ricardo G-Aranda Rojas (@rgarciaaranda)

Yo no creo que se puedan aplicar valores absolutos a cuestiones que dependan de la voluntad y decisión racional de las personas. El desarrollo de la vida humana tiene mucho que ver con las matemáticas, pero no son matemáticas. Y aunque lo fuese, aún en la ciencia hay muchos valores que de ninguna manera son indiscutibles y siempre iguales. Como en la propia vida humana, en la ciencia también muchos resultados dependen de variables con frecuencia impredecibles y distintas según la interferencia del resto de ellas.

La decisión sobre la muerte o la vida no puede ser un valor absoluto ajeno a las circunstancias y a la voluntad racionalmente fundamentada de quien ha de organizarse esa vida y su final, si le corresponde, si es suya. Está bien que acordemos reglas que hemos de intentar cumplir, pero en cualquier reglamentación debe dejarse un espacio para lo no regulable, lo distinto, las circunstancias no previstas. Somos humanos para la vida. Aceptemos que también lo somos para la muerte. Asumamos que la vida no es un valor absoluto que, en todos los casos, sea mejor que la muerte. Y asumamos pues, como consecuencia, que un ser humano capacitado tenga que tener la libertad necesaria para elegir lo mejor para él y para quienes le rodean sobre este personal asunto. Si es una decisión racionalmente fundamentada y tomada, debiera ser una decisión inteligentemente respetada.

Ilustración de Cecilia Romero
En “Pesadilla en Zocodover y otros relatos” hay una historia sobre una madre, Rosa y su hijo, y ambos tienen que tomar una decisión vital. El lector va a conocer todas las circunstancias y seguro terminará haciendo de juez ante la bondad o maldad de la decisión a tomar. Pero dará igual, Rosa ya la ha tomado, porque era suya y de su hijo. Y de nadie más.

Sale mi libro con este relato en época de debate sobre la eutanasia y la capacidad de decidir a cerca del final de la vida en unas circunstancias bien tasadas. No es casualidad, porque este debate, más o menos expuesto, ha existido siempre. La posibilidad de ayudar a morir a quien razonablemente ya no tiene las condiciones mínimas para vivir, es una polémica que ha existido siempre.

Pero en mi relato se complica algo más, los personajes no tienen enfermedades terminales. Son personajes que dan un paso más en este debate: la posibilidad de que la vida haya llegado a su límite sin necesidad de que exista una enfermedad terminal, que parece justificaría mejor la decisión del punto final.

Hay que leer esta historia y defender cada uno, cada una, faltaría más, su humano punto de vista. Suerte y que no nos veamos en ello.


domingo, 29 de abril de 2018

EL TORO


Ricardo Garanda Rojas (@rgarciaaranda)




Preguntamos al anti taurino y la respuesta supone su oposición al maltrato de este animal con el único fin de la diversión humana.
Preguntamos al defensor de la tauromaquia y opone su postura planteando que realmente el toro no sufre, y además tiene el animal la posibilidad de desarrollar su auténtica belleza y bravura y cumplir el único objetivo para el que ha sido creado.
Aún hay quienes, intentando situarse en posiciones intermedias plantean que sin gustarles demasiado “la fiesta” respetan a quienes disfrutan con ella.

Pero a nadie, que yo sepa, se le ha ocurrido preguntarle al propio protagonista, al Toro. Ya que atribuimos a este bello animal cualidades humanas, valorando si sufre o no sufre o si necesita o no cumplir con sus destino, consideremos que es también un atributo humano el de valorar en un sentido u en otro su vital experiencia.

viernes, 20 de abril de 2018

AVE 03993: de La Mancha a Sant Jordi


Ricardo G-Aranda Rojas (@rgarciaaranda)




El tiempo sucede,
avanza y no duele
aunque deje su rastro.
No es malo
si mientras fuiste envejeciendo
hiciste algo…
no es malo…
(“Si hiciste algo”)


Justo un año después de aquel viaje, que convertí en un relato para “Pesadilla en Zocodover”, repito el recorrido: de la Mancha a Sant Jordi, de la casa de mis amigos a la fiesta del libro y la rosa de Barcelona. Y es que mi experiencia me pidió insistir.

Allí volveré a encontrar aquel magnífico culto al libro, a la historia, a la poesía de la imaginación andando por las calles en busca de algo nuevo, de necesarias sensaciones escritas que alimenten la imaginación de cada una y cada uno. La búsqueda de un sueño nuevo en aquel stand dónde alguien, tal vez,  ha sabido escribir exactamente lo que tú quieres leer.

sábado, 14 de abril de 2018

Tango y Magnolia (La Taberna)

Ricardo G-Aranda. (@rgarciaaranda)



En los sonoros límites
de la tasca y sus paredes
nos escabullimos de las redes
del Facebook, el WhatsApp y el Twitter.
(“Los Sonetos de la Taberna”)

Una tarde cualquiera, sale uno de casa sin tener muy claro dónde va y para qué. Pero no es cuestión de quedarse encerrado todo el día. Un buen paseo y después un vino en la taberna y un rato de charla con los paisanos, siempre se convierte en una aceptable solución.
Es toda una base cultural esta de la taberna, aunque, sin que yo sepa muy bien por qué, parece que ahora anda un poco devaluada. Más de una vez me ha querido corregir algún propietario de alguna de ellas diciéndome que ni lo suyo es una taberna ni él es un tabernero. ¡Vaya por dios!