viernes, 4 de diciembre de 2015

Callejones sin salida

Qué difícil es ser humano, ésta variante de la racionalidad que nos separa del resto del mundo animal nos complica la jugada una barbaridad, sobre todo cuando tenemos que intentar utilizarla para buscar la explicación a las continuas y cotidianas irracionalidades que nos caracteriza. No creo que ningún otro animal tenga síntomas depresivos por no entenderse ni a sí mismo ni a los demás.


La preservación de la vida, retrasando lo más posible, con tendencia al infinito, el momento en que tenemos que dar a alguien de baja, parece el objetivo prioritario de nuestros esfuerzos: estudiamos, experimentamos, gastamos gran parte de nuestros impuestos para avanzar en las ciencias médicas como medio de buscar curaciones a las distintas enfermedades o accidentes. Con frecuencia ese enorme esfuerzo personal y colectivo se realiza para ganar unos meses, unos días a la vida. Todo ello está bien, cada uno y cada una, según sus creencias y experiencias podrá introducir matices a esta manera social de comportarse, pero en general, el concepto está asumido, hay que salvar y alargar vidas. Correcto. La contradicción no está en esta empresa común, mayoritariamente asumida, sino en la contraria.

Como carajo contrastamos nuestra racionalidad salvadora con esos otros argumentos, también aparentemente racionales, para justificar las muertes que nosotros mismos provocamos.
Fotografia de J.L. Romero
Para mí es muy difícil explicar las necesidades de una batalla mortal por mucho que se hayan racionalizado los motivos, las causas, la necesidad de tener que arremeter contra la vida de otros seres humanos, sean culpables o inocentes. ¿Por qué somos tan estúpidos de haber creado las normas de un sistema social que a los propios creadores nos lleva con frecuencia a callejones sin salida?
No es nada racional comprender que mientras ponemos los medios para sacar una bala de un cuerpo, disparamos con la otra mano otra bala que atraviesa otro cuerpo. 
El mayor fracaso de esta humanidad es tener que asumir que es incapaz de dedicarse exclusivamente al avance que supone salvar vidas y mejorarlas, al mismo tiempo, esta misma humanidad organizada, se ve atrapada en la vorágine de destruirlas.

Nuestros sentimientos son generalmente bondadosos ante estas decisiones, solemos ponernos mayoritariamente del lado de la no violencia, pero nos esforzamos en mantener un sistema social internacional que parece necesitar de esa violencia, institucionalmente aceptada, para justificar sus limitaciones, nuestras limitaciones.

Ya podéis acusarme de buenísta, viendo la alternativa no me sentiré ofendido.


Ricardo Garanda Rojas 

 
(@rgarciaaranda)