viernes, 4 de agosto de 2017

Amigos

Ricardo Garanda Rojas(@rgarciaaranda)

A 4 de Agosto de 2017 . Desde Zumaia, un magnífico rincón de la costa guipuzcoana, rodeado de amigas y amigos.


Hace un año, con mis amigos y amigas de Sonseca, la pandilla de toda la vida comenzamos una tradición. Todo el mundo sabe o debe saber que cualquier tradición tiene una primera vez,  un primer día, en definitiva, un inicio. Porque además yo no creo que la base de la “tradición” dependa más del tiempo pasado que lleva existiendo, sino más bien de la convicción de mantenerla largamente en el tiempo futuro. En el primer caso no tiene ninguna repercusión la voluntad de los actores, en el segundo toda.


Bien, pues iniciamos nuestra tradición en  una Casa Rural de Coaña, en el occidente asturiano. Nos reunimos todos los miembros de la pandilla que nos fue posible, somos sesentones  y casi siempre hay alguna obligación familiar que nos impide reunirnos a todos.
Aquello estuvo bien, por el día en la calle y a partir del atardecer en las barbacoas o el salón de la Casa. Sólo nosotros, disfrutando, discutiendo, encontrándonos fuera de la cotidianidad de cada una y de cada uno.

Este año lo hemos vuelto hacer (no sé por qué la mayoría de las tradiciones tienen una periodicidad anual). De hecho  estamos ahora mismo en Zumaia, cerquita de Donostia, os aseguro que no es mal sitio para reunirse.
Fotografia de Juan Manuel Suárez
 
Aquí estamos  obligados a relajarnos, a sentirnos bien. ¡qué derroche tan tremendo sería no hacerlo!!. Miren la foto, la Casa que se ve allí arriba (tendréis que ampliar) es nuestro lugar de reunión, allí, con el mundo abajo (la iglesia que se ve en primer plano es San Telmo, la de la boda de ocho apellidos…) Aquí nuestras diferencias, que las hay, se convierten en base para amigables mofas, chistes y bromas también serios debates ¿cómo no?. Esto es una definitiva prueba (yo siempre lo supe) que en un ambiente de amistad colectiva somos mejores, nos esforzamos por serlo y, casi siempre, lo conseguimos.
También apoya otro planteamiento de debate: Pienso que nada asienta y perfecciona más la personalidad del individuo (hombre o mujer) que el formar parte de un pequeño colectivo de personas elegido voluntariamente. En la gran masa no conocemos, por tanto no nos conocen, consecuencia: podemos con facilidad exteriorizar nuestras miserias. En la escala individual solo el intento de adornar nuestro ego nos sirve de acicate. Queda en una esquina del debate el grupo familiar. No es mala base, a unos les va mejor y a otros peor, sí puede ser un buen grupo para apoyarse, para ayudarnos en nuestros cotidianos problemas y nuestras normales debilidades sociales y personales, pero no me parece un ámbito adecuado para consolidar una personalidad, de hecho no me parece siquiera un buen ámbito para expresar con libertad lo que piensas sobre cualquier tema. ¿No podemos hablar de otra cosa?.

Y el pequeño colectivo de personas elegido voluntariamente tiene un nombre: Amigos si somos hombres solos o hombres y mujeres, Amigas si son solo mujeres. Hoy no quiero entrar en disquisiciones de vocabulario machista, porque estamos en otra cosa, ya que estoy en Euskadi pues eso, “a setas o a rolex”. Me da igual, lo que yo quiero decirle a Patxi es que esto de alimentar las reuniones entre amigos y amigas es una clave para el relajamiento del espíritu de cada uno, esté tranquilo o alterado, que momentos en la vida hay para ambas situaciones.

Desde el hábitat  más alto de Zumaia, con mis amigos, con mis amigas de Sonseca, y echando de menos a mi ausente, he escrito este poema:

Fotografia de Alberto Benito Díaz
Desde Santa Klara

Sobre el mundo
en Santa Klara,
abajo San Telmo
y su hábitat Zumaia,
rodeado por este Cantábrico
hijo de océanos

y hermano del de ese Vega
de alguno de mis cánticos

Y como allí, aquí resiste
bajo mis pies,
mirándome con sus terribles
ojos de ver todo,
siempre.
Y ahora me mira,
ya digo, desde abajo
y yo me hundo entre amigos

en mi soledad del sueño,
por imposible, amargo.

El sol muere como siempre
tras tiranizar,
como siempre, en estos
veranos incandescentes.
Y desde aquí lo vemos morir,
dejar de respirar
a nuestros pies,
hundido, cansado
de tanto ir y venir,
girar

A veces entre velos
lo vemos bien llorar
su adiós todos los días
suspirando anhelos
porque muere a la tarde bella,
y nace a la mañana,
al revés que ella.