viernes, 9 de septiembre de 2016

La Modernidad que cambió las Plazas


Ricardo G-Aranda Rojas (@rgarciaaranda)




Estoy sentado en la plazuela de la Virgen, de Sonseca. Realmente es una enorme plaza, bastante abierta que recuerda a ésas magnificas plazas de los pueblos de Portugal, grandes y abiertas al mundo. En realidad se podría llamar plaza de los Arcos, porque en uno de sus laterales hay dos personales arcos de ladrillo rojo que sirven, de hecho, como imagen de Sonseca en muchas publicaciones promocionales de todo tipo.
Nuevamente un duelo entre símbolos laicos y definiciones religiosas. Nuevamente pierde el laico, la plaza se llama plazuela de la Virgen. Discusión zanjada.


Estoy aquí sentado, recordando cómo era este espacio antes, recordando a otras muchas plazas de otros muchos pueblos que padecieron la fiebre de la modernidad desbocada allá por los años ochenta y noventa.
Al igual que en centenares de poblaciones, en Sonseca se cargaron todo, los árboles, los bancos, el quiosco de la música, la Bombonera, el suelo de losetas de granito y cantos.
La Bombonera era un bar de cristaleras que existía en un rincón de la plaza, en cuya terraza las noches de verano cobraban un interés de risas unas veces, de ateneo otras. Eran los años setenta-ochenta y allí participé en largos debates con gente como Moisés y Manolo que ya, al igual que el rincón y el debate, hace tiempo que desaparecieron, como Peña…y otros, y otras. El mundo era algo mejor con ellos aquí. Allí, en horas más ordenadas, me sentaba con la pandilla, y allí decidimos buscar un texto para representar una obra de teatro que terminó convirtiéndose en la primera semana cultural de Sonseca, aún sin Revuelo, pero esto es otra historia.

Decía yo que se cargaron todo, pero no es verdad, al proyecto de modernización de la plaza sobrevivió ¡ay poder divino!, la cruz. Intocable,  suerte que no pusieron otras dos para montar un hermoso calvario.
Una enorme cruz de granito que me gusta, al margen de mi conocida preferencia por la laicidad de las plazas, porque es lo único que se conserva de aquella nostálgica plaza antigua. Me gusta porque me sirve para centrar mejor mis recuerdos y porque a mí las cosas antiguas de granito me gustan, pero no deja de ser, otra vez, una prueba histórica de que en la transición (tampoco ahora) los asuntos religiosos eran intocables, por muy modernos que quisieran ser los nuevos gestores de la cosa pública. La expresión “con la Iglesia hemos topado” se hacía visible de forma cotidiana. Pero la mayoría de las veces ni llegábamos a topar con ella, simplemente (igual que ahora) a nuestros jóvenes y modernos gestores les temblaba el pulso. Y luego le echábamos y le echamos la culpa al Concordato.

Ahora, a las nueve de la tarde de este asfixiante Setiembre que nos ha venido, con el tremendo calor que sale de ésas modernas baldosas, las que se usan para pavimentar las aceras, nada hace pensar en aquella época de árboles y sombras.

No hay grandes metáforas en mi relato y mi reflexión, no voy a dar la razón a las nuevas voces ignorantes que niegan todo valor a la Transición. Se hizo un gran trabajo para pasar de un régimen a otro, de una cultura cerrada a otra que fuera como las plazas portuguesas, abierta al resto del mundo.
Pero lo pienso y lo digo, se nos fue la mano cortando los árboles y tapando los cantos de las plazas y nos quedamos cortos, muy cortos, en la asignatura de la laicidad de los espacios y los compromisos públicos. Lo pusimos en la Constitución pero sin mucho entusiasmo.

Aun así, repito, la cruz de granito me gusta, es señorial, a ver si ahora va a venir otro tsunami  de modernidad y se la lleva. Ya no.