lunes, 3 de febrero de 2014

Mediterráneo

MAS DE CIEN PALABRAS Y UNA MIRADA

Mediterráneo




La noche olía a sal. Al salitre en el ambiente que la cercana mar traía hasta aquel campamento improvisado y clandestino.
 Medio centenar de personas juntaban sus magros cuerpos en aquel abrigo de la roca a la espera del momento propicio. Mujeres que apenas habían dejado de ser niñas, embarazadas, soñando con la tierra prometida, donde sus hijos nacerían con un futuro mejor. Jóvenes como él, que habían recorrido medio continente para llegar a ese punto de no retorno que les conduciría a una vida distinta de la que hasta entonces conocían. Con ese destino soñaban todos.





Los pescadores estaban acostumbrados a su rutina. Lo que peor llevaban era hacerse a la mar en verano, aunque pudiera parecer paradójico. Trabajar en la mar es un trabajo duro. A veces muy duro. El mar, el sol, la sal, son rudos compañeros de faena. Pero hacerse a la mar en verano en aquella playa del sur, empujando aquella barca por la arena entre los cuerpos brillantes y bronceados de turistas que veraneaban en aquellas latitudes se convertía en un tormento añadido.  El ocio y la vida relajada de aquellas personas contrastaba con la dureza de un trabajo que no concedía días de libranza apenas, añadiendo un punto más de crueldad a un trabajo ya de por sí penoso y descarnado.



Permanecían escondidos a la espera de que el patrón de la patera que les había cobrado todos sus ahorros diera la señal para hacerse a la mar. Para él, aquello era cruzar un desconocido mar, al que nunca había visto, y que sólo era capaz de oler y oir. Estaba aterrado ante lo que se le venía encima. No sabía nadar y no había visto nunca el mar. Para él era esa misteriosa puerta a un mundo distinto, nuevo, donde jugaban sus astros al futbol. Tenía una camiseta de Cristiano Ronaldo, y una gorra del Barcelona como sus más preciados tesoros. Pero le aterraba la idea de enfrentarse al mar. Ese  misterio desconocido y peligroso que esperaba a la vuelta de aquella colina.



 Los pescadores se quejaban amargamente de que no había futuro en el mar. Al menos no de aquella manera. La pesca de bajura daba para malvivir decentemente, pagar a duras penas las deudas, y poco mas. Por eso los jóvenes en cuanto podían huían del mar. ¡Que paradoja! Cada verano cientos de miles de personas abandonaban sus casas para abandonarse frente al mar, mientras que los jóvenes del mar soñaban con abandonar sus casas para buscar fortuna lejos de la costa.



La travesía nocturna de aquella patera fue lo más parecido a un viaje al infierno. Medio centenar de personas apretujadas en un espacio mínimo, en cuclillas o tumbadas sobre las cuadernas de un cascarón que crujía a cada embate del mar. En una noche negra sin luna para despistar las patrulleras de los guardacostas. Toda la noche navegando en silencio, con los gemidos ahogados de aquellas niñas, futuras madres, y los sollozos aterrados de los chavales que como él, no habían visto nunca algo tan infinitamente negro y siniestro como aquel mar negro. Sólo las estrellas ponían el cielo en su sitio. Se prometio a si mismo que sería la última vez que subiría a una barca.



Aquella mañana de pesca era como cualquier otra. Los viejos pescadores repetían otro día mas el eterna ritual de arrastrar la barca sobre la arena, y afrontar las olas de cara para hacerse con ella a la mar.
¿Cómo cualquier otra?
No.
Aquella mañana un joven se había añadido al equipo. Al fin sangre joven. Vigoroso y con su torso reluciente al sol ayudaba a empujar la barca mar adentro. Su piel morena le permitía enfrentarse al sol del verano sin necesidad de camiseta. Al fin y al cabo no era cuestión de estropear la camiseta de Ronaldo, ¿no?

 ¿Y que fue entonces de la promesa que se hizo asimismo en aquella horrorosa noche?
Pronto comprobó que donde lo que él consideraba tierra de promisión, las promesas tenían muy poco valor. Y que de promesas no se come. 

Y que aquel mar negro y siniestro de su primer viaje, también podía ser luminoso y convertirse en su medio de vida.


JLROMERO

@romerojl